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LECCIÓN DE IDIOMAS
de Pedro Ugarte

Antes de Maica, la mujer con la que ahora vivo, y a la que tanto quiero, fueron dos mujeres torturantemente diversas las que ocuparon mi corazón, bastión que, después de varias devastaciones, he aprendido a defender con uñas y dientes, en la seguridad de que es el punto más vulnerable de todo ser humano. El corazón es tan inexplicable que a menudo no sabemos controlarlo. A veces nos parece que está loco y a veces que es lo más razonable que tenemos. Lo mejor sería que se redujera a su labor de motobomba, tan práctica, llevando la sangre de un lugar a otro, casi sin que lo notemos, y no a buscarnos, como acostumbra, una hilera de interminables complicaciones sentimentales.

Yo odio las complicaciones en general, pero particularmente las complicaciones sentimentales, que resultan a menudo irresolubles y dolorosas, y en las que uno tiene la impresión de ser un verdadero principiante. Sin embargo, son siempre aquellas cosas que uno más detesta las que acostumbran a frecuentar su vida con mayor asiduidad. Esto no es fácil de explicar pero, en el fondo, tampoco resulta sorprendente: las explicaciones rara vez tienen algo que ver con lo que pasa.

A Sorkunde la conocí en mis tiempos de universidad. De pelo corto y ropa sencilla (vaqueros, camisas blancas y un zurrón de lona colgado a su espalda) era de la opinión no sólo de que el mundo podía cambiarse sino de que incluso merecía la pena hacerlo. En el colmo del paroxismo, acudió además al medio menos indicado para ello: la política. Sorkunde había peregrinado por diversos grupúsculos revolucionarios que abandonaba al poco tiempo por juzgarlos insoportablemente revisionistas. Realizaba pintadas, acudía a conferencias, e intentaba, en cualquier circunstancia en que viera a más de dos personas juntas, establecer insólitos sistemas de democracia participativa (y no representativa, como le gustaba puntualizar). Eso podría estar muy bien, yo no lo sé, pero resultaba bastante engorroso cuando Sorkunde, en plena excursión al campo, por ejemplo, formaba comités, planteaba mociones alternativas o exigía de los discrepantes declaraciones de autocrítica.

El resultado de su democracia era que había que hacer siempre lo que ella decía. Desde entonces, siento un plácido sosiego cuando veo por la tele cómo mis representantes políticos, en los escaños, duermen la siesta de las cuatro o resuelven intrincados crucigramas. Sólo si los políticos son unos inútiles, pensé siempre, los demás estaremos verdaderamente a salvo.

Que Sorkunde se hubiera emborrachado de política puede resultar extraño en un tiempo como el nuestro, en que todo el mundo siente la rara aspiración filosófica de tener un aparato de música mejor que el de su vecino; extraño, salvo que se viva en un país como el mío. Entre los vascos, contra todo lo imaginable, la política seguía siendo una oportunidad para la muerte (diablos, como si tuviera pocas).

Y sin embargo, que hubiera dado cualquier cosa por Sorkunde durante aquellos años, no tuvo nada que ver con los sólidos principios que ella sostenía.

Me atraían sus ojos negros y brillantes, la portentosa hechura de su cuerpo. Sorkunde era una mujer sólida, de carnes generosas, una verdadera matrona capaz de apaciguar con sus pechos el hambre de un ejército de bebés, o el hambre de otro tipo de ejércitos. Habría que añadir que su cuerpo rotundo no degeneraba en gorduras repulsivas. En un milagro que la naturaleza accede contadas veces a consumar, Sorkunde mantenía una prodigiosa proporcionalidad que la hacía completamente turbadora. A mí me resultaba difícil, desde que la conocí, evitar que mis ojos se clavaran en ella. Su sola presencia me molestaba porque me sabía condenado al gravoso deber de comportarme ante ella con esa indiferente naturalidad que, a fuerza de indiferente, resulta ser completamente antinatura.

Me intrigaba el portentoso volumen de sus pechos, que ella velaba, sin éxito, bajo camisas premeditadamente flojas. Me devanaba los sesos conjeturando cómo se comportarían al aire libre (saludable ejercicio de imaginación intelectual, que todo hombre practica en los vertederos de su mente), elucubraba acerca de cuál sería su verdadero peso, forma y textura.

Todo eso me parecía un enigma mayor y mucho más apremiante que, por ejemplo, el del sentido de la vida. Yo había teorizado algunas veces sobre aquello. El morbo que trasforma los pechos femeninos en un objeto erótico proviene de la casi absoluta imprevisibilidad de su estructura. No hay zona corporal que, al despojarse de armazones, sea más sorpresivamente diversa. La caída de un sostén es un hecho perturbador que pone en juego complejas leyes físicas: hay corrimientos de masas, compensaciones gravitatorias y, a la postre, una inédita configuración mamaria. Las dos bolsas soturnas, los dos planetas suspendidos en una órbita espacial, se arrellanan otra vez, se acomodan al nuevo status quo y nos revelan ese verdadero andamiaje que había permanecido sostenido por violentos contrafuertes interiores, y más desfigurado aún bajo varias capas de ropa, que iban suavizando, una sobre otra, su forma más o menos rotunda.

Lo demás es siempre previsible, casi vagamente monótono. Diríamos estático. La caída de un sostén es sin embargo un hecho dinámico y que, resulte decepcionante o enceguecedor, nos parece tan irrepetible y personal como las líneas que caracterizan un rostro y lo hacen único.

Conmocionado, turbado, enfebrecido ante Sorkunde, me parecía un verdadero crimen dejar pasar mi vida sin haber gozado de semejante prodigio, lo cual no es muy extraño si se piensa, como yo, que en la vida no nos dan demasiadas oportunidades para experimentar cosas prodigiosas. Me prometí a mí mismo seguirla a todas partes, vencer, tarde o temprano, la soberbia fortaleza de sus hombros, y cumplir sobre ella uno de los mandatos para el que, entre otros muchos, nos han traído a este planeta.

Con Sorkunde era imposible llevar a cabo un plan urbano. El cine la aburría. Odiaba los pubs. Las cafeterías le parecían mojigatas. No se le pasaba por la cabeza imaginar que un coche pudiera ser algo útil. Yo veía en esas violentas aversiones la tenebrosa premonición del maoísmo más rural. Me imaginaba a Sorkunde feliz, en una granja colectiva, y yo, capaz de seguirla hasta allí, para compartir con ella días interminables de trabajo campesino, sólo por la recompensa de gozar una vez más de su cuerpo, por las noches, en la choza comunal.

Con ella y por ella, me vi involucrado en todo tipo de salidas al campo, a pueblecitos recoletos donde se conservaba además lo más genuino de nuestra raza, para luego, en las campas cercanas, hacer fuego y asar unos chorizos. Todo ello, por supuesto, sin derecho a sobremesa, porque tarde o temprano aparecía ante nosotros un aldeano, agitando su cachaba y lanzándonos todo tipo de improperios en la entrañable lengua de nuestros mayores, lengua que, a pesar de que mostráramos ante el propietario que también era la nuestra, no nos eximía de sus amenazas. Toda solidaridad, la verdad, tiene sus límites.

Salíamos huyendo. A Sorkunde y a sus amigos aquello les divertía bastante. A mí no me daba tiempo. Apoyado en el tronco de algún roble, y a salvo por fin de las pedradas del aldeano, me doblaba y, en medio del sofoco de la carrera, vomitaba el chorizo sobre una alfombra de pinochas rojas recostadas en el barro.

Conocedor de las costumbres de mi tropa, acabé cambiando los mocasines por botas militares. Además, el campo no era lo peor. La verdadera diversión se producía en la alta montaña, cuando, un fin de semana tras otro, Sorkunde y sus amigos la emprendían con alguna cota de nuestras intrincadas cordilleras, donde se morían de gusto recorriendo estrechas vaguadas, atacando pendientes pedregosas y atravesando abismos sin fondo sobre cuerdas de nudos.

Yo lo soportaba todo por Sorkunde. Subía y bajaba montañas, me dejaba el alma en cada cuesta, dormía en gélidos e incómodos refugios, comía latas de conserva. Todo eso hacía yo, a pesar de que, para mí, la imagen del paraíso ha sido siempre un desayuno en la cama, mientras se ojea la prensa diaria. Seguía a Sorkunde por esos esforzados caminos, en pos de su voluntad resuelta, de esa energía interior inacabable que la hacía capaz de transportar sus grávidas curvas femeninas a altísimas montañas, en claro desafío a todas las leyes de la fuerza mecánica. Aquello me encandiló aún más; Sorkunde no era sólo un cuerpo de blandura oriental, sino una voluntad indomable, una fuerza interior que borboteaba por su boca, abrazándome inocentemente, riendo, haciendo alpinismo o predicando la revolución.

Dentro del programa político de Sorkunde, se hallaba también la liberación de nuestra patria y, aunque yo opinaba que nuestro pueblo diminuto siempre había sido desgraciado, pensaba, al contrario que ella, que la culpa era sólo nuestra y no de crueles opresores exteriores que yo, la verdad, no estoy muy seguro de haber visto nunca en persona.

Sorkunde había emprendido el aprendizaje del euskera, esa lengua que nuestro pueblo había ido abandonando en favor de otras más prósperas, seguramente llevado por la certidumbre de que, al igual que el dinero no tiene patria, los instrumentos de que se vale tampoco deben tenerlo.

Debido a mi inmenso amor por Sorkunde, comencé a aprender la lengua de nuestros antepasados, y no me resultó violento ni forzado, tantas habían sido las alabanzas que había oído de ella desde que nací. En mi país, nuestra lengua se ensalza en la misma proporción en que se evita, y aquella otra que hablábamos diariamente merecía todos los desprecios. Nunca entendí esto muy bien pero, bueno, uno no puede pararse a pensar en todo lo que no entiende, porque entonces cualquier forma de serenidad resultaría una quimera y en esta vida lo único importante es, a la postre, no perder los papeles y en modo alguno tratar de leerlos.

Aunque sea una pequeña presunción por mi parte, he de explicar un poco todo esto. Se trataba la nuestra de una lengua inextricable. Que usara el alfabeto latino era sólo una burda engañifa. Su sintaxis oscura podría resumirse para ustedes, lectores, en una sola sentencia: todo se ponía al revés. Esta evidente vulgarización filológica describe nítidamente mi problema.

Imaginen cualquier frase y pónganlo todo al revés. Cualquier frase imaginen y revés al pone se todo. El estúpido que escribe estas líneas. Líneas estas escribe que estúpido el.

O el estúpido que las lee (Es decir, cualquier frase).

Y después de ver que Sorkunde hablaba en euskera con todos sus amigos, y cuando comprobé que en cualquier otra lengua yo no tendría nada que hacer con ella, emprendí también su estudio.

La vida es complicada: de la gramática al sexo. A veces, los proyectos que uno debe marcarse son a largo plazo, cuaresmales circunloquios para llegar a un objetivo. Frente a quienes van por la vida a topetazos, con sorpresivos golpes de fortuna o de desdicha, he podido darme cuenta de que yo pertenezco a esa otra clase de seres que labran con trabajo, durante años interminables de esfuerzo, sus diminutas victorias o sus ridículas derrotas. Me acostumbré a esto desde pequeño y por eso no me pareció descorazonador emprenderla con el euskera para llegar a Sorkunde. Como siempre me había ocurrido, no podía sino poner manos a la obra y esperar.

Sorkunde se sintió completamente conmovida cuando yo, con temblor de colegial acorralado en un examen, balbuceé mis primeras frases en tiempo presente, maticé con elementales adjetivos e incluso, en un gesto de audacia, tenté alguno de aquellos tiempos pasados que aún no dominaba. Trastabillé con la sintaxis, pronuncié como me fue posible, pero Sorkunde, inesperadamente, me inmovilizó entre sus brazos y me besó en la mejilla.

- Segi aurrera - exclamó, entusiasmada.

Y a mí me pareció que dijo que me quería.

Aquel bautizo lingüístico me hizo miembro de su iglesia de iniciados. Sorkunde y sus amigos me aceptaron sin las reticencias del principio. Ya podía sin aprensión alguna ir con ellos a comer chorizos en el campo, salir a la carrera ante los improperios de los aldeanos y deambular por el Pirineo, en marchas interminables, hasta conseguir pasar la noche en alguna ladera inhóspita del País Vascofrancés.

Poco a poco, mis progresos en el euskera me iban acercando a los intratables pechos de Sorkunde. Y, sin embargo (Yo las complicaciones las olfateo a semanas de distancia: los presentimientos pesimistas son bastante más seguros que los otros), sentí que algo pronto iba a torcerse.

Sorkunde había terminado la carrera casi al mismo tiempo en que yo obtuve mi cátedra universitaria. Ella comenzó a dar clases de euskera en una academia. Así podía conjugar el trabajo con la realización de sus altos y sentidos principios nacional-revolucionarios. Sorkunde se sabía plenamente realizada. Y era verdad; ante la contemplación de sus turgencias, a mí no se me ocurría anatomía mejor realizada que la suya. Pero su profundización en la lengua me empezó a inquietar. Ya no utilizaba conmigo el ZUKA, segunda persona del singular, tan común entre nosotros, sino el HIKA, que yo, la verdad, jamás había oído en ningún sitio y que, a lo que parece, debían conservar en alguna aldea perdida del Pirineo. El HIKA era la forma con que los euskaldunes avanzados nos torturaban a los aprendices para que todo se nos hiciera más difícil, para señalarnos que, a pesar de los esfuerzos, no habíamos ganado nada hasta entonces, que todo era aún más complicado, tremendamente complicado, complicadísimo, y que todavía nos esperaban arduos años de estudio por delante. Yo me imaginaba que aquello no podía ir conmigo, pero noté cómo, al seguir utilizando ZUKA, el cuerpo de Sorkunde que, más o menos accidentalmente, ya había comenzado a tentar en alguna de nuestras noches de tienda de campaña, volvió a alejarse en leves centímetros pero que, de tan significativos, acababan pareciéndome abismos de kilómetros.

Inevitablemente, con el fatalismo de saber que mis empresas seguían necesitando interminables mareas de esfuerzo, me introduje en la sórdida conjugación del HIKA, en la esperanza de que aquel fuera el salto definitivo.

En mi ingenuidad, creí que el euskera, esa lengua de modestos campesinos y reglas endiabladas, ya no tenía secretos para mí. Todo el tiempo que mis clases de universidad me permitían, lo dedicaba a manejarme como un hábil espadachín en el euskera. Era necesario para acercarme a Sorkunde, para captar todas las ironías de su conversación, para no perderme en los vericuetos de su amplísimo vocabulario.

De poco, sin embargo, me iba valiendo todo aquello. Sorkunde, con el rigor de una doctoranda, seguía introduciéndose en la maraña del euskera, rescataba para las conversaciones cotidianas palabras medievales, indagaba en la dialectología. Parecía escaparse delante de mí, con la implacable lógica de una aporía estoica. Cuando yo alcanzaba su nivel, ella había avanzado un poco más y, si yo reducía de nuevo las distancias, ella había dado otro paso, acaso imperceptible, pero que juzgaba suficiente para no considerarme ese auténtico euskaldún con el que quería compartir sus días y sus noches. Un día, repentinamente, Sorkunde me comunicó que había decidido pasarse al dialecto suletino, de sintaxis purísima y cerrada pronunciación afrancesada, vocales incomprensibles y sonidos guturales.

Que yo la siguiera en tan arduas conquistas me deparó la primera recompensa: en un caserío del valle del Roncal (yo temía que cualquier día la emprendiera con su dialecto peculiarísimo y olvidado) di el primer repaso a sus pechos, dos enormes bolsas con forma de gotas de agua a punto de caer, que terminaban en botones color chocolate, dulces como onzas deliciosas. Sorkunde, vasta como una madama de prostíbulo, enérgica como una etxekoandre nacional, se me había subido por completo a la cabeza.

En plena paranoia, decidí darle una sorpresa, un auténtico regalo con el que vencer definitivamente su resistencia. La emprendí con Leizarraga, un pastor protestante que en el siglo XVI tradujo la Biblia al euskera. Su complicado verbo había desaparecido hacía cuatro siglos. No importaba. Nada importaba por Sorkunde.

Comenté con ella, en mi suletino, que ya iba progresando, cómo la había emprendido con aquella versión extraña de la lengua y la estudiaba con furor. Sorkunde pareció muy impresionada.

Una tarde oscura y lluviosa, cuando yo estaba en mi casa, colgado de unos anteojos, encima del Apocalipsis de Leizarraga, sonó el timbre de la puerta.

Era Sorkunde.

- Kaixo - dijo.

Yo la invité a pasar. Implacable, utilicé para ello las enmarañadas construcciones del pastor calvinista.

Sorkunde parecía aturdida. Como una sonámbula, se introdujo en mi despacho y comenzó a desvestirse. A pesar de mis tanteos anteriores, nunca había visto a Sorkunde verdaderamente desnuda. La montaña precisa de gruesísimos jerséis, y un saco de dormir no puede confundirse precisamente con un lecho de amantes. Aireando sus generosas curvas, Sorkunde se sentó sobre mi mesa de despacho (sobre el libro abierto de Leizarraga), apoyó los pies en la silla, alzó los brazos, los colocó detrás de la nuca y se me ofreció.

Se trataba de uno de esos momentos que, de tan esperados, no le dan a uno la oportunidad de pensar. Quiero decir que hubiera sido mucho más natural sugerir "vayamos a la cama" o algo así. Pues no. A pesar de que lo tenía todo ganado, sentí una repentina aversión a cualquier comentario. Me encaramé a la silla como pude y traté de acceder a Sorkunde salvando el flexo de la lámpara y las aristas de la mesa.

En medio de semejantes gimnasias, se me reveló toda la verdad: no tenía miedo de que se violentara, tenía miedo de hablar en euskera. Todavía peor, se me había olvidado todo. Creo que en esos momentos no hubiera sido capaz de articular una sola palabra en cualquier idioma distinto a aquel con el que nací para llamar a mi madre.

A pesar de la postura complicada, conseguimos encajar, como dos piezas de un puzzle que hubieran esperado mucho tiempo para unirse. Yo me acaloraba, sudaba, hacía lo posible por no articular palabra. Pero al alcanzar el éxtasis no lo pude evitar. Fue superior a mis fuerzas, fue superior a mi obstinado sentido de la concentración. Y tuve que exclamar, en nítido castellano:

- ¡Dios mío, Dios mío! ¡ Sorkunde! ¡Voy a correrme!

Un rápido cortocircuito paralizó todas las fibras de su cuerpo. Sorkunde bajó los brazos, se cubrió con ellos el pecho y me miró con ojos desencajados.

Y yo, aturdido, sólo acerté a decir (y, ya perdidos por completo los papeles, también en castellano):

- Lo siento. Se me escapó.

No tuve tiempo para reaccionar. Sorkunde descendió de nuestra poltrona erótica, se vistió y salió dando un portazo. No acerté a explicarme. Los verbos vizcaínos y suletinos, el léxico guipuzcoano y bajonavarro, y el milimétrico batua, todo se revolvió en mi cabeza, sin poder utilizarlo en una sola frase de disculpa.

Sobre el Apocalipsis de Leizarraga, Sorkunde había dejado algunas gotas de humedad y, unos versículos más arriba, como en el filtro de un cigarrillo consumido (o como en sus mismas bragas, un día de mucho calor) la tenue marca anal de su dulce nicotina.

No pude volverla a ver. Todos mis esfuerzos fueron inútiles. Sentí el absurdo boicot de sus amigos, que a partir de entonces me miraron con desprecio. Todo por unas pocas palabras. Unas estúpidas palabras. Mal negocio las palabras. Por una sola de ellas alguien puede juzgarte para siempre.

A todo esto, he de decir que mis infernales extravíos por la montaña en busca de Sorkunde no dan una verdadera imagen de mí. En la universidad, era conocido entre los alumnos por mi inseparable pajarita y últimamente también por mis profundos conocimientos de dialectología vasca, que todos atribuían a mi irresistible inclinación por la insolencia erudita, y no por sus verdaderos y sórdidos móviles, que creo ya haber explicado.

Desde que comprendí que jamás podría rendirla, adopté por algún tiempo esa melancólica pose de los que mueren de mal de amor, algo que si se explicita resulta lamentablemente ingenuo pero que si sólo se deja entrever en la mirada queda, la verdad, bastante interesante. Yo deambulaba por el campus con aire apesadumbrado, regalaba mesuradas sonrisas, no quería hablar con nadie de mis problemas sentimentales, pero sí mostrarme con todo el mundo solícito y atento. Quería decir: "Estoy mal, pero lo voy superando, gracias".

Fue una cuestión de mera estadística. En los jardines del campus, en el bar de la universidad, una chica joven cruzaba repetidamente la mirada conmigo. Era estudiante. Cuando comencé a perseguir a Sorkunde yo era ya profesor. Pero ahora habían pasado los años y la diferencia de edad se hacía aún más evidente. Comprendí que debía cambiar mi estrategia. Uno debe adoptar a lo largo de los años diversos personajes. Intuir en cada momento aquel que le corresponde no es sólo resignación sino un primer paso para la sabiduría. El propio cuerpo impone, con crueldad, estas amargas evidencias: si yo intentara ahora subir un monte pirenaico, siguiendo la zigzagueante estela de Sorkunde, sólo conseguiría que me llevaran a casa, de regreso, en ambulancia.

Pero, por otro lado, una somera investigación de los rasgos de aquella nueva chica hacía bastante improbable que pasara sus fines de semana en el campo, con una tartera llena de tortilla y pimientos del piquillo. Lo suyo eran vestidos rojos ajustados y largos pendientes a juego. Normalmente llevaba el pelo recogido, a menudo en moño, como si fuera un desafío, en la seguridad de que eso es algo que sólo pueden permitirse las mujeres verdaderamente guapas. Bastante más delgada que Sorkunde, sus vestidos enfundados dibujaban sin embargo líneas inequívocas.

Un día, a eso de las once, me acerqué, como era mi costumbre, a la cafetería de la facultad. Solía tomarme un café con leche y, si tenía hambre, un bocadillo de tortilla. Aquello me desasosegaba un poco porque, si me decidía por el bocadillo, siempre aparecía alguien para hablar conmigo (y a menudo alguien con quien no me ligaba una confianza especial), de tal modo que comer mi bocadillo y sostener las buenas maneras con un desconocido resultaban tareas completamente incompatibles.

Precisamente uno de aquellos días en que, tras un vistazo alrededor y previendo por fin unos minutos de soledad, me atreví a pedir un bocadillo, una voz femenina, a mi espalda, sostuvo la siguiente pregunta:

- Profesor, permítame, ¿cuál es la razón de su inexplicable interés por la dialectología vasca?

Me di la vuelta con el bocadillo entre las manos. Era la chica. No pude responder. Tenía la boca llena de tortilla. Maldita sea, siempre pasaba lo mismo. Nunca podía desayunar tranquilo. Y para colmo, mi primera conversación con ella debía realizarse en semejante trance alimenticio, mientras mordía, y mascaba, y me ocupaba de que la rebaba amarillenta de la tortilla no se derramara de entre los trozos de pan.

Al ver que no contestaba (Yo al menos traté de sonreír, e hice ese expeditivo gesto del que demanda un poco de paciencia porque quiere hablar, pero está tragando) ella continuó:

- Por supuesto que está en su perfecto derecho, profesor. Pero se me hace difícil imaginar a una persona de su inteligencia y prestigio interesándose por esa lengua de aldeanos. Es algo que siempre me ha intrigado.

Afirmé con la cabeza, mientras terminaba de tragar y trataba de buscar desesperadamente en mi cabeza algo que decir.

- Por supuesto, señorita, por supuesto - mascullé, ganando tiempo.

- ¿Cuál es, pues, la razón de todo eso? - continuó.

- ¿Quiere un café?

- Muchas gracias.

- Camarero.

Disimuladamente, dejé caer el bocadillo a mi espalda y lo desplacé con el talón hasta esconderlo en la selva de grasientas servilletas de papel que se apelotonaban junto a la barra.

- ¿Cómo se llama, señorita?

- Yolanda.

- Yolanda - murmuré.

- Sí, Yolanda.

- Yolanda...

¿Ven? Quería hacerlo bien desde el principio.

Yolanda estaba extraordinariamente interesada en mi trabajo. Comprobé que no sólo era una mujer guapa sino también una mujer inteligente. Esto me alarmó. Las personas que lo tienen todo, tarde o temprano, acaban por darse cuenta, y entonces se trasforman en seres completamente insoportables.

- ¿Otro café? Aún no tengo que volver a clase.

- Sí, profesor, pero esta vez permítame invitarle.

Por sus palabras, me había parecido entrever que mi profundo conocimiento del euskera suscitaba en ella cierto escándalo. Pero las mujeres consiguen que yo siempre acabe dándoles la razón. No se trata de sumisión intelectual, se trata de cortesía.

- Desde luego, yo no sé tanto como usted de esas materias. Yo estudio Derecho, ¿sabe?

- Es estupendo.

- Pero, no sé, quiero decir que a mí el vasco siempre me ha parecido un dialecto.

- Es defendible -mentí.

- No me gusta el aldeanismo. El nacionalismo es sólo para mentes estrechas. El mundo avanza en otra dirección.

- En otra dirección.

- Esa gente, siempre poniendo fronteras, fronteras. Cuando las fronteras ya no existen.

- No, ya nada de fronteras.

- Y esa falta de perspectivas. Y la prensa local, llena de noticias sobre las pruebas de arrastre de bueyes, o de esos otros leñadores.

- Los aizkolaris, sí, es deleznable.

- ¿Sabe? Yo no leo la prensa local.

- Hace muy bien.

- Aldeanos. Este es un país de aldeanos. Y esos estúpidos nacionalistas, por todas partes.

- Estamos rodeados.

Tenía unos ojos verdes preciosos que centelleaban, o a mí me parecía que centelleaban, y unas cejas negras y marcadas, dibujadas en perfecta simetría.

- ¿Sabe? Yo no creo en las patrias. Pero no es esta, ah, no, no, ¡en ninguna patria!

- Tiene toda la razón, señorita.

- Por favor, llámeme Yolanda.

- Sólo si puedo tutearle.

- De acuerdo.

Quedamos para aquella misma noche. Lo de no creer en las patrias era, al menos, un punto de referencia, una de esas cosas que definen, como el número del carnet de identidad. Desde entonces sabría todo lo que debía decir (y no decir) delante de ella.

Fuimos a cenar. Un restaurante elegante. Hablamos y hablamos. Eso nunca me había ocurrido con Sorkunde, que me apremiaba físicamente de forma tan inmediata que impedía absolutamente la circulación por mi cabeza de cualquier idea abstracta.

Yolanda no sólo estudiaba Derecho. Por las tardes acudía a clases de alemán e italiano (El francés y el inglés formaban parte de su herencia de la infancia) pero también sacaba tiempo para acudir a un gimnasio. En Navidades esquiaba sobre nieve, en Semana Santa esquiaba sobre agua y dilataba los veranos en cualquier lugar del planeta. Para ella, Londres o París eran barrios cercanos a su casa, y Vladivostok algo tan lejano como, para una estructura mental diversa a la suya, Burgos o Logroño.

No es que yo fuera un viajero precisamente. A decir verdad, odiaba los viajes, y también a esa gente que los practica a menudo y acaba hablando de ellos con el orgullo un poco idiota del que muestra un trofeo de caza. Yolanda me abrumó. Quince años más joven que yo y, sin embargo, había estado en todas partes.

- Yo soy una ciudadana del mundo -acostumbraba decir (frase que demuestra, una vez más, que viajar mucho no certifica una completa lucidez).

Sus notas eran brillantísimas. Sabía bastante de informática y tenía en su haber la asistencia a diversos cursos, seminarios y jornadas: desde modelo a relaciones internacionales. Perfecta analfabeta de nuestra política local, le apasionaban sin embargo otro tipo de cuestiones: las relaciones Este-Oeste o las relaciones Norte-Sur.

- ¿Qué opinas del problemas kurdo?

Fue, por ejemplo, lo primero que dijo en el restaurante, cuando regresaba del cuarto de baño. Lo dijo casi desde la puerta, mientras avanzaba por ese pasillo que formaban las mesas repletas de gente. Lo dijo con voz alta y segura, mientras avanzaba hacia mí, contoneándose.

Yo estaba terminando mis natillas. La cucharilla se paralizó entonces a la entrada de mi boca. Muchos comensales volvieron la cabeza para mirarla. Estaba dirigiéndose a mí, pero parecía preguntar qué opinaba sobre el problema kurdo a todo el restaurante. Sin embargo nadie se rió. Quién podría reírse de aquel vestido rojo tan ajustado o de aquellos zapatos de tacón alto que percutían sonoramente sobre el suelo de madera.

- Los kurdos, claro.

- Un genocidio. Es indignante - dijo.

- Desde luego. Intolerable.

Los kurdos me habían parecido siempre muy nacionalistas, pero creo haberme explicado: la cortesía y todo eso.

Acabamos en un hotel de la ciudad e hicimos el amor. Yolanda tenía experiencia y, como era una ciudadana del mundo, yo estaba seguro de que ya habían pasado por su vagina al menos un negro, un árabe, un surfista de California, un coleccionista de bonsáis de Yokohama y numerosos profesionales liberales de cualquier capital europea.

- No ha estado mal - dijo a la mañana siguiente, yéndose a la ducha.

A mí me había parecido formidable, pero no lo dije por prudencia: hubiera podido decepcionarla.

Desde entonces, nos vimos con frecuencia. Hablábamos de todo. De arte y de política. De moda y de Dios. Del sexo y del petróleo.

Yolanda era de esas personas que no sólo quieren saber mucho, sino también relacionar sus conocimientos, formarse juicios y opiniones, apuntar con cuidado dónde deben sentenciar con rotundidad y dónde comentar prudentemente "Es un problema más complicado de lo que parece". Y, por supuesto, no confundir cuándo emplazarse en uno u otro de esos dos criterios. Una sola equivocación en ese campo puede costar a una persona inteligente toda su reputación.

Pero su praxis de la inteligencia incluía también las lenguas. Después de todo, yo tenía facilidad para los idiomas (qué remedio me quedaba). Yolanda no pudo resistirse.

Iba por temporadas. Yo debía esperar su primera frase, en uno u otro idioma, para elegir en mi cabeza el código que correspondía aquel día. Resultaba un poco ridículo tomar algo con ella en una cafetería donde me conocían desde siempre y sentirme obligado a ignorar a mis amigos para enfrascarme en una hermética conversación en otro idioma; o encontrarme en el bar de la universidad con unos colegas, y ver cómo se acercaba un vestido rojo para, sin prestar atención a nadie, oír que me decía, tras un leve toque en el brazo:

- Darling, remember we´ll go to the cinema tonight.

Cierto día. Yolanda me estaba comentando sus progresos con el italiano.

- Es una lengua preciosa, de gran musicalidad.

Ese era el tipo de piedras angulares que sostenían nuestra relación.

- Cariño, ya sabes que la conozco sobradamente.

También empezamos a hablar en italiano. Pero yo me sentía ya desfallecer.

Mis conocimientos de idiomas suscitaron la simpatía de Yolanda. Al principio, su acercamiento a mí se había producido por razones estrictamente intelectuales: hablar del agujero de ozono o del sentido de la vida. El sexo formaba parte del interés, imagino, para añadir a su lista de amantes también a un profesor universitario. Pero eso no lo relacionaba con ninguna clase de afecto. El italiano, sin embargo, aumentó nuestra complicidad y, de alguna forma inexplicable, hizo surgir el cariño. Ahora no sólo se comportaba en la cama como una auténtica loba sino que también, antes y después, nos regalábamos caricias.

Pasábamos las vacaciones en cualquier ciudad de Europa. Recuerdo unas Navidades en una casita alquilada en la costa sur de Islandia, donde vivimos quince días de larga noche polar, bajo una luz anaranjada, oscura, que duraba gran parte del año, recuerdo unas vacaciones en Palermo, recuerdo un hipódromo en Londres, y unos preciosos jardines en Viena.

A veces, Yolanda viajaba sola. Noté que era una de esas personas que guardan celosamente su independencia. Es curioso cómo cambian las costumbres humanas pero cómo, a la vez, el fondo de éstas sigue siendo el mismo. Yolanda jamás tuvo problema en acostarse conmigo, pero presentarle un anillo de compromiso la hubiera escandalizado por completo, la hubiera indignado más que si pretendiera violarla (simulacro éste que me obligaba a representar, y lo hizo tantas veces que yo ya me preguntaba si debía considerarme un verdadero pervertido porque lo único que saliera de mí fuera ternura, fondos inacabables de impudorosa ternura). Pues bien, de uno de aquellos viajes, Yolanda regresó con un tipo llamado Giovanni, un transalpino que sabía vestir bien, tenía morena cabellera y una nariz representativa de su raza. Me desconcertó que cenáramos los tres, que los tres fuéramos luego de copas. Pero se resolvió mi desconcierto cuando, de regreso a casa, Yolanda dijo al taxista:

- Pare aquí, por favor - y luego, mirándome -: Giovanni y yo nos bajamos. Hasta mañana, cariño.

Durante el resto del trayecto, sentí los ojos del taxista clavados en el retrovisor, apuntando una burla silenciosa.

No vi a Yolanda durante los tres o cuatro días que el italiano estuvo aquí. Luego no me atreví a inquirir nada en absoluto. Yo estaba atrapado en mi papel. La verdad, entre ella y yo no había ningún tipo de compromiso. No había forma de pedirle explicaciones. Sabía ya que, para ella, la intimidad física no creaba ningún tipo de vínculo, que un abrazo terminaba cuando se deshacía y que nadie tenía derecho a mantener mediante el recuerdo invisibles lazos de compromiso. En fin, yo era un antiguo, sentía por la monogamia una fervorosa inclinación, algo tan salvaje e irrefrenable como otro tipo de instintos. Pero pedir explicaciones hubiera sido una muestra de debilidad y, por estúpido que me pareciera todo eso, yo me consideraba al fin y al cabo un hombre de mi tiempo, es decir, alguien que debe sobrellevar los prejuicios de su época con la misma resignación con que otros hombres han soportado los de la suya.

Lo que soporté de mala gana durante los meses siguientes fue la compañía de Yolanda. Ni siquiera insistía con tanto entusiasmo como antes en mis lecciones de perfeccionamiento de inglés o de italiano. Por otro lado, Yolanda había comenzado a preparar su ingreso en la Escuela Diplomática. Eso no supuso una vida más serena, llena de días de estudio. Antes bien, su actividad aumentó. Jamás se privaba de vacaciones y durante el resto del año pasaba gran parte del tiempo convulsionando con sus vestidos rojos media Europa.

Un día regresó de unos de sus viajes en compañía de un joven alemán. Kurt, me explicó ella, era un relevante funcionario del Parlamento Europeo. Quizás debido a que soy bastante alto todo se resuma en una falta de costumbre, pero la verdad es que me revientan los tipos que son más altos que yo, y no digamos si sus hombros y sus brazos redondean el conjunto en una hechura más sólida que la mía. Odié desde el primer momento a aquel tipo rubio que me sonreía siempre con benevolencia. Es repugnante la idea de que existen razas superiores, pero esa repugnancia resulta menos política de lo que parece. Son sentimientos que nacen de otro sitio, de sensaciones menos éticas, menos confesables. Posiblemente de la envidia. Posiblemente de la insania de verte obligado a competir con un tipo más rubio, más fuerte y más alto que tú.

Kurt y Yolanda, claro, no se privaron de hablar delante de mí en alemán, lengua que yo desconocía por completo. Me daban ganas de encontrar en una esquina a cualquiera de esos aldeanos que ella decía y sumergirme yo también en una conversación completamente opaca a sus oídos. Tras la cena y las copas, ya en el taxi, pensé que hacerme el escéptico era el recurso más socorrido que tenía.

- Kurt es estupendo - me dijo Yolanda - En Bruselas me ayudó a practicar el alemán. Deberías aprenderlo. Es un idioma lleno de fuerza y vigor.

- Sí, no hay más que mirar a Kurt para saberlo - respondí.

Por supuesto que no iba a aprender alemán. Estaba harto, estaba hartísimo. Pronto llegó el taxi hasta mi casa. Bajé sólo, porque, al contrario del refrán, la esperanza es lo primero que se pierde y así no te dan disgustos. Me alejaba, seguro de que nadie iba a acompañarme. Oí entonces la voz de Yolanda, a mi espalda, lanzándome un saludo. Me di la vuelta. El alemán agitaba la mano, despidiéndose, con ese gesto un poco ridículo que tienen los fortachones cuando hacen cosas delicadas. Yo le grité un insulto en euskera, pero parece que él nunca había tenido mis problemas idiomáticos: asintió ostensiblemente con la cabeza, y sonrió, y casi parecía agradecido por mis palabras vejatorias.

No quise ver más a Yolanda. Imaginé que Kurt se había largado otra vez a su despacho de eurofuncionario cuando ella comenzó repetidamente a llamarme por teléfono. Pero no quería verla, no quería verla en el resto de su odiosa vida ni en el resto de la mía. De repente, un día, regresó al más frío usted.

- Profesor, se está usted comportando como un niño.

- No como un niño, maldita sea - contesté - como un cura, como un auténtico cavernícola. Soy el perfecto retrógado, señorita. Me gustan los toros y el arrastre de piedras. Y voto por el velo en el rostro de las mujeres para que no parezcan prostitutas.

- Me asombra su inmadurez, profesor.

Decidí insultarla, pero no se me ocurrió nada. Congestionado por la rabia, sentí que mis mejillas se hinchaban como las de un trompetista.

Pero al otro lado del hilo sólo se oía ese pitido del teléfono que tan desagradable resulta al oído cuando el otro ya ha colgado.

Me sentía cansado; se trataba de ese cansancio que nada tiene que ver con el cuerpo, un cansancio plomizo arrastrado secretamente, y que me llevaba ahora a dilatar mis días de fiesta en los bares próximos a casa, dando vueltas a un vaso de güisqui, y dejándome distraer por una grosera litografía colgada de la pared o por el ininterrumpido repiqueteo de las máquinas tragaperras. Me preguntaba la razón de haber tenido tan mala suerte con las mujeres, por qué me costaba tanto entenderme con ellas, por qué siempre hablábamos idiomas distintos. De repente, mi particular calvario tomó forma de espléndida metáfora.

En una de aquellas aburridas tardes de domingo inutilizadas en bares oscuros, conocí a Maica. Maica trabajaba en uno de ellos; era la chica de la cocina, la que preparaba las tortillas y los pinchos y los menús del día, la que, por las noches, también limpiaba el local. Me conmovió la imperceptibilidad de su rostro y su cuerpo, todo recorrido por una absoluta sencillez.

Trabé conversación con ella. Una noche, la esperé cuando cerraban el bar. Tomamos café juntos.

Tuve suerte. Me aseguró que no conocía ningún otro idioma. Había dejado la escuela a los catorce años. Creo que le aturdió un poco comprobar el efecto que causó en mí su ignorancia lingüística.

- ¿De verdad que no sabes nada? - insistía yo - ¿Ni un poquito de inglés? ¿Ni euskera?

- Nada de nada - respondió, con la sonrisa inquieta de quien no entiende lo que está ocurriendo.

Mi rostro se iluminó. Quedamos al día siguiente. Desde entonces abrumé a Maica con regalos y atenciones de princesa.

Ni siquiera en esas ocasiones uno puede sacudirse cierto grado de perversidad interior: maltratada por la vida, escasamente atractiva y sin dinero, comprendí enseguida que bastaría el ejercicio de una elemental galantería para conseguir ganarla ya.

Nos ennoviamos. Nos casamos. Maica dejó el bar. Percibí enseguida que sentía un respeto supersticioso por mi trabajo. Para ella, yo era una persona muy sabia y tampoco entendía cómo me había fijado en ella. Pensé que todo eso me aseguraría su fidelidad infinita en el futuro. Ella limpiaba siempre con cuidado los libros de mi biblioteca e incluso, para complacerme, comenzó a leer un poco.

Yo daba en la universidad clases de latín, lengua que me apasionaba desde los tiempos del bachillerato y a la que ya había dedicado muchos años de mi vida.

- La hablaban los romanos - respondí, a una de las tímidas preguntas de Maica- una gente que conquistó todo el Mediterráneo hace dos mil años. Tuvieron buenos escritores. Hoy muchos piensan que no vale para nada, pero yo creo que sigue siendo algo importante.

- Si tú lo dices, así será.

Me conmovió un día, al llegar a casa, ver a Maica en la cocina, ojeando una de mis ediciones de los Comentarios a la Guerra de las Galias. Era un libro para estudiantes: debajo de cada línea en latín aparecía la traducción literal al castellano. Allí estaba Maica, leyendo con el dedo índice sobre las líneas, con cuidadosa absorción, y moviendo los labios para dibujar en ellos las palabras que iba descubriendo.

Me miró sobresaltada.

- Lo siento, lo siento mucho - dijo - Sólo quería mirarlo un poco.

- No tienes que disculparte - respondí, poniendo las manos sobre sus hombros - Me parece estupendo que quieras aprender.

- ¿Me ayudarás?

- Claro que te ayudaré. Verás, quizá sea un poco difícil, pero todo puede superarse con buena voluntad. Unos esposos deben amarse. Y comprenderse. Para comprenderse sirven las palabras -Tomé el libro de César, que ella tenía entre las manos- Y estas palabras también serán las nuestras.

Sus ojos se iluminaron. Maica me abrazó.

- Aprenderé - dijo, casi con lágrimas en los ojos, como si presintiera algo - Haré todo lo necesario para que sigamos siendo felices.

Lentamente, sobre aquel librito elemental, Maica fue balbuceando las complicadas declinaciones. Yo estaba entusiasmado. Aquello nos uniría tanto. Además, Maica tenía muchas ganas de aprender y ahora al menos disponía de tiempo para hacerlo. Fue una temporada dura para ella porque yo estaba muy ocupado. Debía pasar mucho tiempo estudiando y haciendo viajes a Madrid, todo para preparar el asalto definitivo a cierta cátedra de griego comparado (clásico, demótico y contemporáneo) que quería obtener desde hacía algunos años. Me fascinaba el griego. Pobre, pobre Maica.

Pedro Ugarte


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