En esa celda pues, Edmundo pasó de la desesperación más absoluta al odio más intenso. Dicen que una de las formas de sobrevivir es gracias al odio. Y si no que se lo pregunten a Ben Hur, que resistió las galeras romanas gracias a sus ansias de desquite. Gracias a Mesala. Con razón afirma Terenci Moix que la película deja de interesar en el momento que Mesala muere (aiaiaiai
). Pues sí, amigos míos, existen dos formas de pesimismo único absolutamente perversos completamente diversos o no tanto: los idealistas resentidos como dijo alguien que sólo quiso fijarse en los mejores, y aquellos otros, entre los que me encuentro, los pesimistas que se forjan en los negros pozos del miedo, los que, vayan mejor o peor las cosas, tienen miedo, sólo tienen miedo, siempre miedo. Yo digo lo que dijo Kierkegaaaaard: lo seguro no es seguro, es horrible (jajaja).
Ya ven, mi única pretensión es ser una señora tontuela y feliz con su escoba (o/y aspirador). De esas que poseen el don del silencio cauto. Que siempre agarran la taza del té con la mano derecha y el platillo con la izquierda, para no mancharse la falda. Que cuando no entienden una cosa se limitan a mirar, a escuchar y a callar, pero saben dotar a su rostro de una expresión neutral sólo iluminada por una mirada pensativa que sirve para todo. Por eso me operé, y me costó mis duros, y justo cuando me permitieron casarme mi novio ya me había dejado. Soy una señora dentro de un armario que si tuviera la desgracia de ser hombre y haber hecho la mili hubiera llegado a la conclusión, como Gila, de que el ejército es, fundamentalmente, una fuente de inspiración del absurdo, y en el cual el único papel digno es el de desertor. Como hizo mi padre. Desertar. Por eso lo encerraron en el penal del Dueso, en la provincia de Huesca.
Me tiro sobre la piscina de mi cama a alimentar esta especie de mariconada (con perdón) que llamamos gripe y que no es más que un conjunto idiota de dolores musculares, cefaleas, muermos diversos, fatiga y apatía existencial. Sin fiebre, claro. Interrumpe mi soliloquio el clásico amigo inoportuno. - ¿Vendrás al Ayuntamiento el día tal a la hora cual? - ¿Mande? - Sí hombre, hjfkjfwvfekjdsakj - ¿Comor? No compren pa - kjfeufakfdaS
MARRIAGE - Ah, ya
Acabáramos
¿te casas? - Por fin
- ¿Y por qué? - ¡Porque me sale de los huevos! (se ha cabreado, lo percibo
) - Y además porque me dan quince días de vacaciones, y además
- Vale, vale, vale, con la primera razón me basta Cuelgo y Luis Eduardo Aute exclama "Mira que eres bocazas, que no se hace así". Son las 17,27 de la tarde de un perezoso día de febrero. Las hay que estaríamos tan bien calladitas
. ¿Qué quieren que les diga? A veces Félix se pasa. Con los sabios ya pasa eso, se ponen a escribir y se les cruzan los cables. Y entonces se creen dioses del Olimpo. O de El PAÍS, vaya usted a saber. Pues va Félix de Azúa y dice: En sólo veinte años se ha producido una revolución mucho más eficaz que la soviética. Las mujeres han conquistado su soberanía sexual, política y laboral. Esta nueva soberanía las afecta a ellas, pero hace mucho más interesante la vida de millones de varones. Ahí tienen al señor Félix de Azúa (desertor de una Barcelona que en los años ochenta se amariconó de pujolismo y tonterías diversas). Ahí tienen a Félix, digo, arrimando el ascua a su sardina. A mí no me la des, Azúa del alma, que yo ya estoy harto de ser un Manolo de que cuando me haga el feminista me den jarabe de palo por hipócrita
de perderme en los entresijos del lavaplatos y la sábanas bajeras.
de que se me queme la cafetera
de perderme el glamour de salir de la ducha con una toalla en forma de turbante, con los pies descalzos como los de una princesa
de que mis actos de caballerosidad empiecen con un perfecto aparcamiento y acaben pagando la cuenta del restaurante o la discoteca
de no poder excusar mi inestabilidad emocional, menstrualmente hablando
de no ejercer mi potestad de escote de barco y amarre ordenándole al guaperas ese del Martini que me cambie la rueda pinchada
de no poder asegurar desde la lejanía del baño que ya estoy lista y recrearme luego media hora larga con el rouge los labios
de abrir el armario ropero y no poder exclamar, presa de ansiedad convulsiva: ¡no tengo nada qué ponerme!
de quedar atrapado como un tonto ante la imagen de veintidós descerebrados corriendo tras una cosa redonda
de que la tarjeta de crédito se me enfríe en el billetero
de perderme cada verano ese gozoso sufrimiento, cuando me depilan el triángulo del biquini
de mirarme al espejo y hacerme la foto del idiota
de coger el teléfono, cruzar las piernas con elegancia, encender un cigarrillo entre mis uñas pintadas de marrón oscuro, dejando el tiempo a fuego lento y al maromo consumiéndose de morbo en el sofá
de ir de compras y que no haya manera de oler un atisbo de orgasmo, ni siquiera en Purificación García Es verdad. Lo confieso. Estoy harto de ser un Manolo más. De que mi vida sea muy interesante (dice monseñor Azúa), precisamente porque las mujeres han conquistado su soberanía sexual (mira que eres
). Mamá, yo de mayor quiero ser una señora. Por ejemplo, como la de la foto. ¿Me entienden ustedes o se lo vuelvo a explicar?

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