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EL ARCHIVO SECRETO 2 Continuación

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   - ¿Hoy tienes compromiso?

   - Sí, pero se puede arreglar - El ¡YUPPI!!! que emulsionó mi estómago se oyó en todo el edificio. Aunque no perdí la calma.

   Dame tu dirección
   Me la dio

   - Yo pongo las fresas y el champán.
   - No bebo y, además, no me gustan las fresas.

   Como no me fío ni de mi santa madre, acudí con las fresas y el champan. Será por el bolero ese que dice que cuando las mujeres dicen que no es que sí y que cuando piden la paz quieren la guerra, en fin, ya saben.

   Efectivamente no tocó una fresa y yo me bebí toda la botella. Cuando empecé el ritual del cortejo, me dio la sorpresa de mi vida.

   - Quieto ahí. Esta noche tú no haces nada.
   - ¿Ein?
   - Esta noche seré tu esclava.
   - ¡Oh, Dios!

   El sueño de todo simio supuestamente sapiens. Sin más, me quitó los pantalones.

   - No hace falta que apagues el cigarrillo, cariño .
   Vaaaale

   (que suerte que tienen algunos, pensé maliciosamente)

   Aquella mamada duró horas. Horas de reloj. He visto guerras interestelares. Universos desconocidos. Individuos muertos de un balazo en la nuca. El París y Amsterdam del glamour de los setenta. Hombres humillados y carnicerías sin cuento. Yo qué sé lo que he visto. Hasta las pirámides de Egipto. He navegado por el Nilo y también he viajado hasta el final de la noche, como Celine. Nada comparado con Aurora deleitándose con la flora de mi polla. Cuando intentaba corresponder, me susurraba, con autoridad:

   - Quieto ahí - Y a las dos de la madrugada:
   - ¿Cuál es tu fantasía erótica?
   ¡Oh, Dios!
   Tragué saliva, pero conseguí articular una frase
   - Correrme en tu boca, pero no sé si….

   (... es oportuna la petición)

   Se tomó su tiempo, pero me vació por dentro. Fue al lavabo y escupió mi alma bendecida por los ángeles de la guarda y del placer. Claro, me olvidé de decirle que la otra fantasía es que se lo tragara, pero ¿como se puede pensar claro entre las nubes interestelares?

   Me desprendí de mi estado hipnótico y advertí, finalmente, que esa noche no había dormido en casa, para acto seguido pensar en mi gata, sola en casa, con el pienso agotado y sin una mala cola de merluza que llevarse a la boca. Vi otra vez los rótulos luminosos de las calles de Nueva York, quizá los de un cabaret, nunca sabré si extraído de la realidad o de alguna película. Por supuesto no era el Cotton Club.

   Aurora se dio toda una vuelta entera, agarrada a su almohada, y sus pulmones emitieron un pitido familiar de fumadora empedernida. Entonces me plantó en la cara la oscura cúspide de sus pezones, fláccidos como hojas breves caídas de los árboles. Su camisón corto de seda se le había quedado trabado a la altura de las caderas. Por supuesto, dormía sin bragas, así que me desvelé por orden de la superiodidad, ya sabemos quien es la superioridad. Mi mano recorrió parsimoniosamente su tibia piel con todo el cuidado del mundo, como si destapara un tarro de miel a las dos de la madrugada, cuando el silencio parece una estampa similar a la superficie lunar, en el que si te asomas al balcón a respirar el cielo estalla en su bruma negra y cada rumor parece un sacrilegio. Percibía el contraste entre las asperezas de mis dedos y la suavidad de su culo (un culo, todo sea dicho, sin granitos, ni asomo de espinillas, sin zonas blandas ni marcas de nacimiento, ni de vacunas ni de nada.

   (¿Sensaciones? Pues la misma suavidad con la que rozas el alba con los sueños cuando no quieres despertar y la luz se desliza entre las láminas de la persiana y te acaricia los párpados. La misma ductilidad con la que remueves el agua de un estanque al atardecer. ¿Literatura? Por supuesto, ¿qué haríamos sin ella? Sin ella no podría describir ese instante mágico en el que la luz otorga su ilusión de claridad a la noche, sí, efectivamente, tal como en un cuadro de Magritte)

   Admiré las exquisitas curvas de Aurora, pero sobre todo esa elegante complexión hacia las nalgas que a mí me embelesaba como a un niño le cautiva una tarta de chocolate y frambuesa. Con mucho, la mejor parte de tu anatomía, suelo decirle cuando no me pongo pesadamente romántico. Otra cosa muy distinta es que el hecho de que un tipo como yo, experto como nadie en Nietzsche y Garcilaso de la Vega, cruce infame donde los haya, mezcla rebelde que me ha creado no pocos problemas en mi larga trayectoria docente, que un tipo como yo, digo, que se ha paseado por las Universidades de medio mundo disertando sobre el filósofo capital (permítanme que me ríe: JA,JA,JA) acabe divagando sobre la atracción sexual, lo único que hace es demostrar lo que ya sabíamos, que Nietzsche tenía razón, al menos en una cosa: la vida es el eterno retorno al jarabe de siempre.

   Interpreto de toso esto que conoces el tema- , me respondía Aurora, invariablemente, como si de verdad supiera algo más de lo que sin duda sabe, es decir, nada de nada, a lo que yo respondo, mi experiencia es infinita, etcétera, poniendo la misma cara interesante que ofrezco mentirosamente a mis alumnos cuando me hacen la pregunta del millón y no sé qué diablos responder, temiendo siempre que, en realidad ella sea más inteligente de lo que parece y preguntándome, acto seguido, si podría soportarlo. Los hombres somos así de inseguros, nos han parido con la hombría y aquí estamos. Casi al mismo tiempo advierto la dureza súbita de mi príapo

   (dicho sea de paso, con orgullo estajanovista de operario modelo de la General Motors, mono azul y productividad inmejorable)

   Casi siempre ocurre lo mismo. Me refiero a la resistencia inicial de Aurora, que murmura, que se queja (ay), que se otra vuelta en la cama, que ronronea como un gatito en celo, algo que podría pasar para un inexperto incluso como demostración de fastidio, pero que da paso en seguida a una risa entrecortada y como sacada de un millón de años luz escarbados del fondo de sus sueños. Finalmente, dos bocas apelmazadas se buscan perezosa pero hábilmente, a tientas, entrelazando sus alientos amargos y la sequedad de sus salivas, para dar lugar a un ovillo vertiginoso de piel y deseo, para dar lugar, decía, a la furia desmedida de unos cuerpos descansados, no gritando y suspirando como otras veces, sino en silencio

   (incluido ese pasarle la lengua por la nalga, por la tibia, por los dedos de los pies, ese dedo que busca el clítoris, movimiento seguro del que reconoce el placer en el otro, que juguetea, que separa pelos y sorbe tiernos jugos, que constata esa fragancia, ese parfume, ancestral mezcla de sudor y esperma que siempre incluye un rabioso mordisco de desespero en la espalda, y un débil arañazo que sólo sirve para enervar pasiones, un mordisco que sirve también para encender aún más el jolgorio de risas justo cuando el despertador empieza a hacer el imbécil interrumpiendo nuestro espeso jadeo)

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