Luis se levanta a las seis y media. Empieza entonces el festival de ruidos, primero en la cocina, luego en el cuarto de baño y, finalmente, en el armario ropero. Tendrían que ver su desespero cuando no encuentra los pantalones a cuadros, ni el traje beige, ni la gabardina recién sacada de la tintorería que cuelga de la percha dentro de su inmaculada bolsa de plástico. Como un pulpo en un garaje. Hasta un ciego la vería. Una hora más tarde suena el segundo despertador.
Sigo. Le preparo el colacao a Víctor, le despierto, le hablo (cosa inútil, es como hablarle a las plantas o a mi madre, la pobre, que está sorda), le visto, le peino y es, en ese momento, mientras le hago la raya (en el lado izquierdo, como su padre), los dos frente al espejo, cuando me encuentro que, junto a un hermoso, listo, inteligente niño de cabellos negros agitanados y ojos de avellana, tengo a una mujer rancia legañosa y un poco canosa que me mira a lo raro. Me mira, aunque en realidad parece mirar hacia un punto indefinido más allá del espejo. Y es que, en determinados estados del alma, mirarse como yo me miro es como un símbolo. O un síntoma, no sé. Un síntoma de la decadencia. Es en ese instante, generalmente, cuando suena el teléfono. No, no es Marta. Es Amador. Le digo que de ninguna manera, que no, que imposible de todas todas, y cada vez que menciono alguna imposibilidad, imposibilidades que se acumulan una sobre la otra como una gran pastel de tortillas (mi especialidad), esa es la verdad, me abandonan un poco las fuerzas, se me escapan junto con el aliento, por las ventanas, y por la chimenea, por todas partes se me escapa el valor, si alguna vez lo tuve. Y acabo sumida en un cansancio tibio, acariciándome los muslos bajo la bata, esa venla que sube sinuosa hasta la rodilla, y así me quedo un rato recreándome en esas odiosas venillas, pero esto es instintivo, ese cosquilleo que me sube hasta los pechos, mis pezones tan helados e insensibles. Me miro en el espejo y esta vez sí que encuentro algo de mí, aunque en realidad sea como buscar una aguja en el pajar: yo entre todas las mujeres que peinan a un niño, entre este niño guapo y esas mujeres que se resumen en mí misma, que de pronto se pasan la mano por el rostro e intentan borrar en vano esa expresión de tristeza y siempre con el miedo de que detrás de ese borrón no quede rostro. Le recuerdo a Víctor que revise su mochila, ¡atención a la agenda del cole! ¿Algún trabajo pendiente para hoy? Le doy un beso y vigilo desde la ventana la puntual llegada del microbús. Es en ese momento cuando oigo por primera vez el ruido de un papel arrugándose hasta quedar prensado del todo, un bulto dentro del puño. Y es más tarde cuando pienso que quizá no sea un papel arrugándose, que vete a saber si se trata de un montón de cristales rompiéndose, o la luna del armario ropero quebrándose hasta hacerse añicos. Y, acto seguido, escucho, nítido, el sonido del ukelele, aunque un poco más lejano. Y entonces me entran ganas de morirme. Vendrá pronto, de eso estoy segura, las profesiones liberales tienen sus ventajas, me dijo una vez. Entre cliente y cliente, toda una hora para tomar el café juntos. Lo cierto es que nunca tomábamos el café y que cuando yo le decía ¿a joder le llamas tú tomar el café?, él soltaba una risita nerviosa que se suponía debía excitarme. ¿Qué fácil, ¿no? Primero estas cosas me parecían, sencillamente, vulgares, terriblemente vulgares, sino bochornosas. Algo que les podía pasar a las demás pero nunca a mí, una muchacha educada para ser una princesa o, lo que es lo mismo, para enamorarse de un príncipe. Ahora ya no me parecen nada. Me despierto cada mañana y pienso, bueno, un día más. En esta frase he reducido la filosofía de mi vida.. Otras veces, me despierto y pienso ¿así que la vida era esto? Vaya minucia. Hará justo ahora tres meses, entramos en un restaurante. Luis pegó un bote de silla y, sin mayores explicaciones, como es su costumbre, regresó acompañado de un individuo más alto que él, más delgado y más guapo, y bruscamente, sin proponérmelo, me imaginé haciendo el amor con un representante de joyería, y me quedé de piedra, claro, me entró como un sofoco. Siempre fabricaba mis fantasías eróticas en el baño o en la cama, en ausencia de Luis pero jamás, hasta entonces, en vivo y en directo. Luis insistió en que el tipo me enseñara su muestrario de bisutería cara, te regalo lo que quieras, imbécil, pensé yo, elige tú misma, respondió él, eso sí que no lo soporto de Luis, su fanfarronería innata, algo que se remontaba sin duda a los tiempos de la mili, en la que, según cuenta siempre, hizo de general o algo parecido, imposible resistirme a esa pulsera de plata, por otra parte. Bajo a la calle para comprar el pan y tropiezo siempre con el bar que hay junto a la droguería. Sé que el guarda del parking, que ahora mismo me está vigilando (deformación profesional, pienso yo) desde su rincón, con su orujo y sus ducados, el guarda digo, anda loco para que cruce las piernas sobre el taburete y le enseñe las bragas. El problema es que hoy no llevo, así que mi audacia tiene un límite. Oí por primera vez ese ruido cuando murió mamá. Paco, mi hermano mayor, llegó con el rostro compungido pero afable, comprensivo y atento, me rodeó la espalda con sus largos brazos, me abrazó y dijo, mamá ha muerto. No lloré ni me quejé pero sí que oí el ruido de los cristales quebrándose, ese ruido de cristales desintegrándose en trozos muy muy pequeños, en pedazos que no medirían más de un milímetro cayendo sordamente sobre unas baldosas que por mucho que se laven siempre parecen sucias. Fue la primera vez, sí, lo recuerdo muy bien. Este bar tiene el olor a bares viejos y sucios, olor a fritanga y a poso de café, con sus mugrientos banderines de clubes de fútbol, del Real Jaén, por ejemplo, y fotografías viejas, y un camarero que podría ser cualquier cosa, un albañil, un conductor de autobús, un mecánico tornero, todo menos un camarero de esos que se te acercan por la espalda y esconden su brazo izquierdo, bien pegado contra su espalda, un parado de la Seat que ha arrendado un bar con la indemnización del despido, por ejemplo. Un camarero que nunca soñó con ser un camarero y que cuando le pido una copa de coñac pensará seguro que soy una descarada, una perdida. Entonces, cuando me tomo la copa, y a pesar de la mirada subnormal del guarda, pronto a desmayarse, y esto he de reconocerlo, empieza molestándome pero acaba divirtiéndome, es cuando oigo, pero mucho más lejano, el sonido del ukelele.

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